Buscando a Dory, una obra de arte

La lectura de la previsión de películas de Pixar para cuatro años había hecho aflorar una sensación de pánico terrible: Cars 3 (agosto de 2017), Toy Story 4 (junio de 2018) o Los Increíbles 2 (junio 2019) marcaban una línea estratégica que hacía pensar que la inventiva y la capacidad de crear del estudio de animación había quedado en punto muerto. El caso es que, trece años después de Buscando a Nemo (2003), el anuncio de la secuela –Buscando a Dory (2016)– provocaba sudores fríos, el miedo terrible que la infalibilidad de Pixar quedara manchada por aquello que Toy Story nos había dicho: cuidado con hacerse grande.

En los Estados Unidos se haya convertido en el estreno que más dinero ha recaudado en la historia de la animación, con 136,1 millones de dólares en un solo fin de semana. Buscando a Dory retoma la historia pocos meses después de que en Nemo vuelva a casa y, en un primer acierto que hace mitigar la sensación de abismo insondable, pone el foco en uno de los personajes más entrañables de la primera parte: Dory, un pescado azul con problemas de memoria inmediata, una entrañable ropa-planos que aconteció el contrapunto humorístico del siempre fastidiado Marlin.

Pero Dory asume muy bien el ascenso que la convierte en la protagonista y encabeza una historia de amor coral que hincha los ánimos y que se aleja de la sensibleria del cine infantil, siendo consciente, al mismo tiempo, que es hecho para un gran público. Una perfección del engranaje marca de la casa de Pixar, pero tamizada por veintiún años de trayectoria y por una bienvenida madurez. Formalmente, la historia es impecable, a pesar de que juega con el factor de no contener ninguna sorpresa.


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